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  • Foto del escritor: escuelaalbores
    escuelaalbores
  • 18 sept 2023
  • 2 Min. de lectura

Ya hemos iniciado las clases y, en aquellos hogares en los que hay niños y jóvenes, flota en el ambiente cierto nerviosismo, compuesto por una suma de ansiedad y alborozo.


Me acuerdo mucho de cómo vivía algunos de esos momentos en mi niñez y en mi adolescencia. Las vacaciones concluían y me daba cierta pena y algo de pereza por los madrugones que se avecinaban, pero también sentía la energía renovada y muchas ganas e ilusión por empezar, quizá con la esperanza puesta en que todo iba a ir mejor que el curso anterior, que quizá conocería a nuevos y mejores amigos, y que me ocurrirían experiencias maravillosas.


Los inicios siempre los vivimos como una oportunidad, los necesitamos, y de ahí la alegría que se instala, pero, a la vez, también hay miedo, incertidumbre, nerviosismo... Ambas cosas son sanas y necesarias si están en equilibrio, porque nos ayudan a la acción, a dar con determinación los pasos necesarios. El problema es cuando, en vez de alegría, ilusión, esperanza, hay desmotivación, pereza, bloqueo; cuando, en vez del miedo comprensible y la incertidumbre, aparece angustia, ahogo, pánico... Quizá se han vivido anteriormente situaciones que provocan estas emociones, que hacen que anticipemos catástrofes, y nuestra mente construye escenarios en los que fracasamos, en los que nos sentimos solos o solas, en los que no estamos a la altura, en los que se acrecientan nuestros "defectos", y, así, la desesperanza se instala y no sabemos qué hacer, cómo salir de esa espiral.


A mí me pasó en algunos inicios de curso, sobre todo en mi pubertad. No encontré apoyo en mis maestros, más bien todo lo contrario. Fue al entrar en el instituto, cuando todo empezó a mejorar, gracias en parte a que empecé a sentir que estaba eligiendo mi camino, que estaba construyendo los cimientos de lo que sería mi proyecto de vida, aunque mis pasos eran aún titubeantes, inseguros. Ahí sí que encontré referentes en profesores y profesoras que se preocuparon por mí, por mi bienestar, por mi motivación; que me dieron herramientas, que me estimularon, que me ayudaron a ir vislumbrando mis talentos... Eso fue clave para reforzar mi deseo de aprender y, aunque todavía había muchas cosas por trabajar, sobre todo en el tema de las relaciones entre iguales, empecé a encontrar cierto equilibrio que me ayudó a sobrellevar los cambios.


Por eso es importante que, cuando no vemos salida, cuando nos abruman las circunstancias, cuando no encontramos las herramientas, pidamos ayuda y busquemos la guía, los referentes que nos den la brújula que necesitamos para encontrar nuestro propia dirección, nuestro propio camino.


Escuela Albores

 
 
 

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